septiembre 19, 2005

El santo del fin del mundo

Al Santo Cristo de Logroño lo encontraron en 1904, con sus dos brazos mutilados y atado a dos campanas de bronce, flotando a la deriva sobre una palizada que arrastraban las aguas turbias de un río amazónico. Fue un signo milagroso para aquel grupo de ecuatorianos que huía desde Borja a causa de una revuelta indígena que estaba quemando todo a su paso.
En mayo del año pasado mi madre había venido a verme a la casa para contarme, con previa sonrisa adormecedora, que papá y ella habían hecho hace algunos años una “promesa” al santo de su pueblo a cambio de un favor que, habiéndoseles concedido, estaban en la obligación de retribuir. –¿Ah, si?- dije sospechando un eminente ataque al bolsillo – ¿Y cuanto cuesta el cumplimiento de la “promesa”? – Mi madre me tomó la mano con ternura sospechosa –de eso venía a hablarte- me dijo, mientras yo fruncía el seño y miraba al techo esperando que el santo se apiadase de mí y de mi billetera atea.

Doña Rosalía Vásquez, mi madre, es de Santiago de Borja, un pueblito sanmartinense ubicado a tres, cuatro, o a veces hasta ocho horas de viaje en camioneta desde Tarapoto. Esta es una comunidad de poco más de cuarenta casitas de barro y techo de palma ubicadas al final de los andes y al principio de la llanura amazónica, en el pongo del Caynarachi. Esta comunidad no tendría nada de particular si la comparásemos con otros pueblos ribereños amazónicos, excepto por una cosa, el santo de los tres brazos.

Al Santo Cristo de Logroño lo encontraron los fundadores del pueblo entre la palizada que arrastraba uno de los muchos ríos amazónicos que recorrieron en su huida desde Borja, un pueblito a orillas del río Santiago, en Ecuador. Cuenta la historia de que el grupo enmudeció al encontrar el busto del santo y sus dos brazos atados a dos campanas de bronce que en conjunto pesaban más de una tonelada. Esta fue una señal de buen augurio y cargaron con el santo y su inusual equipaje hasta donde los llevó el destino, el pueblo que fundaron en su nueva patria, a orillas del río Caynarachi, en San martín. Al pueblo lo llamaron Santiago de Borja y con los años se convirtió en una zona ganadera. Desde entonces y cada año, acuden a Santiago, desde ciudades tan alejadas como Cuzco, cientos de peregrinos motivados por la fe (algunos por la curiosidad) para hacer pedidos y retribuciones al santo por los milagros concedidos.

Con tantos agradecimientos y pagos que incluyen candelabros de plata, capas bordadas en oro, bancos nuevos para la iglesia y sobre todo ganado, el buen patrono se ha convertido en uno de los ganaderos más ricos del área y es por decreto municipal el único autorizado a tener su ganado pastando por todo el pueblo, un privilegio que ni los mismos abigeos (un azote de la zona) se atreven a poner a prueba con el eventual robo de uno que otro cornudo (léase toro) de propiedad del santo. Así lo prueba la anécdota de un neófito ratero quien un domingo siete se metió a robar a la iglesia en la que se guarda la figura del santo. Con excesiva imaginación pero poca intuición, el hue... perdón, el ladrón, incluyó uno de los brazos del santo (¿Necesitaba quizá que le echen una mano? ¿Se tría algo entre manos? ¿Algún mano a mano? ¿O será que a este ladrón le dan la mano y se va hasta el codo?), como sea, “juego de manos es juego de villanos”, se dijo el santo y le soltó un maremoto de pesadillas pesadas al punto que dejó a nuestro ladrón sin graduación por un buen tiempo sin razón( me salió un verso sin mucho esfuerzo). Para entonces el pueblo, compadecido del cristo de Logroño, mando a hacer otro brazo a imagen y semejanza de la robada, sin presagiar que unos días después volvería el ladrón arrepentido, con el brazo en brazos, a devolverle al santo lo robado. El pueblo, que no tenía la misma capacidad de perdón que el vejado Nazareno, le dio al ladrón una paliza tal que este hubiera preferido cien años de pesadillas antes de pasar por aquel suplicio, pero fue muy tarde. El pueblo se quedó con el brazo de repuesto y el ladrón se quedo descompuesto.

La partida
En marzo de este año nos fuimos hasta Santiago de Borja, para que mis padres pudieran hacer el “pago” al Santo Cristo de Logroño, pago que consistía en la organización de las fiestas patronales, un bacanal de siete días con sus noches en la que todo el pueblo come, bebe y baila a expensas de los organizadores de la fiesta, en un acto de devoción y de fe hacia el distinguido protector.

En Tarapoto, antes del viaje, a parte de asaltar mis magros caudales, mis padres rompieron el chanchito flaco en el que guardaban lo propio e hicieron además un préstamo bancario para enfrentar los gastos de las fiestas.-Tanta vaina por un santo gordita- le dije a mi madre tratando de hacerla “entrar en razón”, pero ella no parecía escucharme en medio del delirio de compras y preparativos febriles en que se habían envuelto ella y mi padre. Entre las provisiones que se cargaron a una camioneta de doble tracción estaban 100 litros de aguardiente de Lamas para alegrar el corazón, 180 kilos de arroz Cacatachino para apaciguar la barriga, 50 kilos de manteca vegetal, 6 costales de harina de trigo, 5 costales de harina de maíz, 80 kilos de “boquichico” seco y salado, cebollas, zanahorias, betarragas, papas a discreción, 100 kilos de mantequilla con su punto exacto de sal, una caja de balas de escopeta, 10 cajas de pilas para las linternas, y las almas de toda la familia en vilo, que andaba en un “corre corre” tal que en el último minuto estuvo a punto de olvidar a la abuela paterna, de 83 años, en el baño del paradero de camionetas “Oriente express”.

Me uní a la caravana de familiares que habían venido desde distintos lugares del país para asistir a la fiesta. Desde el paradero iban armando un bullicio de mercado, despertando curiosidad entre los demás pasajeros, provocando un jolgorio que solo los artistas de un circo despertarían, y como tales fueron recibidos al llegar a su destino. Cuando después de 5 horas de viaje a través de los precipicios, las cascadas y los bosques de orquídeas de la carretera Tarapoto – Barranquita llegamos finalmente a Santiago de Borja. Nada me hacía sospechar entonces que este era solo el incio de una inolvidable aventura en el fin del mundo.

Continuará...

1 comentario:

Anónimo dijo...

continúa ya, viejo