agosto 26, 2005

Washo: el rey de los velorios.


Waldemar asiste a todos los velorios de Tarapoto y sus alrededores, con la diligencia de quien hace su trabajo. Pero Waldemar no es un sacerdote, ni funcionario de la Beneficencia Pública, Waldemar solo cumple los designios de una maldición antigua.

Al Washo lo conocemos todos, pero de él muchos sabemos muy poco, entre otras cosas que su verdadero nombre es Waldemar Contreras Guerrero y que ya supera los 40 años. Para los que no son de Tarapoto (discúlpenme, no todos tienen esa suerte) el “Washo” es casi una estampa local en esa ciudad Amazónica del Perú, y es conocido por la costumbre o lo acostumbrado que nos tiene a recorrer todo y cuanto velorio se lleve a cabo en nuestra ciudad, para cumplir una penitencia antigua.

Según los tarapotinos, el Washo era desde muy pequeño un muchacho dado a las artes de vagabundear por toda la ciudad y lugares aledaños y a disfrutar de una que otra comida gratuita en los velorios por los que pasaba a pensionar cuando el hambre tocaba la campana. Andaba el Washo en uno de sus acostumbrados peregrinajes, por alguna comunidad de los alrededores de la ciudad de las palmeras – como suele llamarse poéticamente a Tarapoto- cuando la muerte sorprendió a su padre quien sufría de una enfermedad terca desde hace algún tiempo, por lo que le había pedido a Washo que permaneciese en casa por si la parca venía de visita uno de esos días para llevar su alma a pastar en los campos de otro mundo. Como cumplidor fiel de los augurios el Washo se hizo el loco – sin ironía- y decidió como siempre echarse al camino, sorprendiendo la muerte al padre, cuando el Washo se encontraba disfrutando de un propicio “quinientin” (aguardiente) al amparo del velorio de turno, a 50 kilometros del lecho en que su padre soltaba su último pedo. Se dice que al viejo le quedó grabado en el alma el dolor de irse de este mundo sin que a su hijo le haya importado un pito su muerte y ni se haya dignado siquiera a estar a su lado para decir adiós, como se supone es el deber de todo hijo. Para entonces el Washo no tenía ni idea lo que le habría de costar esa escapada desatinada, pues durante el resto de su vida iba a cargar una maldición de brujo malo sobre los hombros y sobre el alma, la maldición de su padre.

Al Washo le sobrevinieron unas pesadillas de condenado en las que su padre, con el cuerpo hecho un amasijo de gusanos y carne verde, salía gateado desde las profundidades de su tumba y le recriminaba por ser un mal hijo, un “pata de perro”, un gorrero de vocación y oficio, y un inconsciente que prefirió irse a vagabundear envés de quedarse a cuidar de su padre moribundo. En las pesadillas, el viejo - o lo que quedaba de él- lo agarraba por el cuello y mientras lo sofocaba le arrojaba esta maldición: “ ya que tanto te gusta vagabundear, comer y tomar gratis en los velorios y dormir el resto del día, te maldigo y te condeno a ir a todos los velorios y entierros que hayan en la ciudad y a vivir de la caridad de los deudos por el resto de tu vida”. Fue así como después de un año de pesadillas cada vez más intensas el Washo perdió la cuenta del tiempo y del mundo hasta convertirse en el harapiento y feliz enfermo mental que todos conocemos en Tarapoto. Solo entonces descubrió que las pesadillas no volvían siempre y cuando el sueño le sorprendiese entre las bancas de algún velorio desvelado. Tan terribles y recurrentes eran las pesadillas que nuestro antihéroe no lo pensó más y buen día se hecho a recorrer las calles ardientes de Tarapoto con la diligencia de un oficinista, en camino a algún velorio nuevo.

En el camino va anunciando a todo el que encuentra en la calle quien era la o el muerto, como se murió, y familia de quién era, porque así como al Washo lo conocen todos, él también conoce a todos en Tarapoto, una ciudad que ya supera los 150 000 habitantes. No es raro que el Washo reconozca, de cara y de nombre, a la gente de Tarapoto, ya que su increíble memoria le permite recordar cada uno de los velorios en los que estuvo a juzgar por las anécdotas y los nombres que puede citar cinco o seis años después de los sucesos.
La memoria de Waldemar no es tan celebre como su afición a gastarle bromas de grueso calibre a la gente, incluidos los deudos de uno que otro velorio, a espantar con sus falsas querencias (Washo es también homosexual declarado, ¡valor!) a las jovencitas que salen del instituto. Para muestra un botón:

En un velorio, el Washo se encontraba sentado junto a una dama de unos 40 años, hija de la finada y que había venido desde la capital para las exequias de su señora madre, cuando este empezó a inquirir por la edad de la fallecida. La señora haciendo un exagerado gesto de desagrado, he impostando un acento limeño (algo muy típico entre algunos ridículos provincianos que regresan a su tierra) dijo: “hay que feo, “yevense” a este loco de aquí”, pero el Washo, irreverente como el solo sabe ser, seguía preguntado: ¿Señora, cuantos años tenía la finadita? Y volvió a insistir dos o tres veces más, hasta que la señora estalló en una respuesta de hartazgo para poner en su lugar al igualado:
-¡Fastidio! ¡Tenía cien años!
Ah –replicó el Washo con su chispeante acento selvático- “jovena” no más ha muerto esa “ullutera” (ninfómana) ¿di?
Como era de esperar, la ilustre dama se abalanzó sobre el orate con la convicción de hacerle tragar sus palabras y en el velorio estalló en un chongo colectivo a causa del conato de pugilato que no pasó de eso.

En otra oportunidad el Washo le dijo a la madre de un joven finado que no llorase tanto. Como ya pues no voy a llorar si era mi hijo- dijo la desconsolada señora entre lagrimas. Bah, de mi más era mi marido y yo no lloro- anunció el Washo cagándose de risa. La señora no tuvo más remedio que acompañarlo con una sonora carcajada, olvidándose por un momento del dolor y de las lágrimas.

El Washo también es conocido por su costumbre de emparentarse con cuanto deudo o finado que encuentre en los velorios. Por donde vaya reconoce tíos, tías, primos, primas y demás, lo que no siempre es bienvenido dado a su estado de desamparo y a su pinta de perro vago. Pero, pensándolo con un poco más de cuidado, es muy probable que el Washo sea en realidad familiar en tercer o cuarto grado ( en nivel secundario o universitario si el lector así lo desea) de muchos ilustres ciudadanos. Porque si algo le sobra al Washo es la casta, pues pertenece a una familia antigua de la ciudad. El Washo tiene una casa en el centro de la ciudad, en el exclusivo barrio Suchiche, en donde vive junto a su hermano después de la muerte de sus padres.
No sabemos cuantos años más le quedan al Washo, para cargar esa curiosa cruz de velorios, aguardiente y comida gratuita. Lo que si sabemos es que en Tarapoto el único velorio en el que se extrañarán sus pendejadas y ocurrencias será el de él mismo, cuando se acabe la maldición del padre, en el velorio del rey de los velorios.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

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alumnos de la ucv dijo...

super bro me encanto el trbajo que hicistes muchas felicitaciones wenaasos.......atte: alumnos de la ucv

Alex Arévalo dijo...

Hola muchachos y muchachas de la UCV. Gracias por los comentarios. No se pierdan leyendo tanto este blog y agarren también los libros de vez en cuando.
Abrazos y café con leche para todos.

COFOWEB dijo...

Estupendo, no me pense que iba a encontrar tanta informacion sobre este personaje. Mi duda sobre el era sobre cuanto tiempo hace que el esta enfermo (loco loco) y aqui encontre la respuesta.
gracias y felicitaciones por este post.